Estamos

Estamos ligados por exhalaciones de aire caliente que se funden en el exterior de los sueños. Por una cosquilla en la cintura y una categoría de cosas eclécticas que sólo nosotros entendemos: la textura del algodón, la letra p, un moño, suavidad, la montaña, ese camino, la mitad de una película, un ritmo, un beso con labios de vino.

Estamos vivos pero en este ecosistema todo es delicado, hermoso y susceptible de volverse oscuro, deshidratarse y volverse rocoso, muerto, volverse muerto: la única forma de lo definitivo.

La Casa

La casa donde me crié*
2002
La Casa es grande y nunca está en silencio: suena un piano, unos acordes de guitarra, o algún diálogo de cuarto a cuarto. A la mañana suena el motor de la pileta y se respira el olor a pasto recién cortado. El piso de madera del living es patinoso porque lo enceran seguido y el de la cocina también: las baldosas blancas y negras parecen el logo de Cartoon Network. Santi y yo andamos en skate y en bici por toda La Casa. Los domingos comemos pizza en el playroom del tercer piso, donde vive una comunidad de juguetes y disfraces. Los lunes mi mamá nos despierta con el desayuno y en el auto nos tapa con un poncho de polar hecho por ella. Cuando volvemos del colegio, Pancho -nuestro gato gordo, de pelo gris oscuro, largo- está en la garita con Daniel, que sale, le da la correspondencia a mi mamá y abre el portón de rejas negro con detalles dorados. Los días de verano me tiro a la pileta y le enseño a Indio a meterse y a nadar perrito. Cuando sale, sacude agua y sus pelos de labrador al lado mío. Cuando viene mi papá a buscarnos le insisto para que entre y se quede un rato.
2008
Hay una parte del piso del living que se levantó por la humedad y parece una montaña. La madera se hinchó y arreglarlo cuesta muy caro, dice mi mamá. Yo me imagino bichos negros y gelatinosos que se dividen como células y se reproducen, abajo de mi casa, en los cimientos. Salen de la tierra y pueden entrar por una madera hinchada, caminar por el living, subir las escaleras. Vivir con nosotros. Lo que uno habita puede volverse siniestro.
“Mantener esta casa tan grande para nosotros tres me cuesta mucho. Vi un proyecto en pozo por Núñez, es un departamento muy cómodo”, le escucho decir a mi mamá por teléfono. Ella nunca cierra la puerta de su cuarto, la casa es grande y quiere estar atenta por si nos pasa algo. Durante los cinco días siguientes, Santi y yo hacemos una huelga poco comprensiva y pegamos carteles por La Casa: “¡No nos queremos mudar, no nos queremos mudar!.”
2017
La Casa sigue en el mismo lugar. Quesada 2250, casa número 1, La Horqueta, San Isidro. Cada tanto paso, saludo a Daniel, y la miro, a La Casa. Todavía es grande. A veces la sueño. Es como si la recorriera levitando; veo las paredes de ladrillo y las ventanas de madera blanca, mi cuarto con pared lila, mis posters de Robbie Williams. Cada vez que vuelvo de un viaje, tengo el reflejo de decirle al taxista que me lleve desde Ezeiza a Quesada 2250 casa número 1 y pensar que vuelvo a La Casa.
*consigna del taller de crónica dictado por Leila Guerriero.

Javier

La calefacción está muy alta en casa, estoy en la cama y tengo calor. Al lado tengo el libro de Javier Fridman, El psicoanalisis en el destino, pero no lo puedo usar de abanico, porque Javier está muerto. Podría abanicarme con un libro de tapa blanda de Borges, pero Javier es un muerto conocido (mío). Un muerto al que quise antes de saber que quería.
Abro el libro, Sigue leyendo “Javier”

Estaba ahí 

Estaba ahí tirada, mi bombacha, en el pasto, cuando llegamos. Era la primera vez que lavaba y secaba ropa en tu casa, nuestra casa, la casa que íbamos a compartir. Que compartimos, que intentamos compartir. Que dijimos que queríamos compartir. Entonces estaba mi bombacha cuando llegamos esa tarde a la casa que compartíamos y era la primera vez que lavaba ropa mía en tu lavarropas, que ahora también usaba yo. Y vos dijiste que uy se voló la ropa del tender pero yo dije que sólo se voló mi bombacha, que la otra ropa mía y la otra ropa tuya seguían ahí en el tender, colgadas. Que sólo se voló mi bombacha, esa bombacha que hice con microtul negro con una puntilla de encaje que me costó conseguir, que busqué y me costó conseguir en esas callecitas de Once en esos días de calor en los que el pavimento de Once da mucho calor y entonces caen las gotas de transpiración. Y vos, tan tranquilo, caminaste por el pasto hasta donde voló mi bombacha negra. Mi bombacha que voló por el aire desde el tender hasta esa porción de verde. Y la agarraste, a la bombacha, y caminaste al tender que tenía puntas un poco oxidadas y dijiste que algunas puntas están un poco oxidadas, que ibas a comprar otro. Vamos juntos a comprar otro tender dije yo, vamos juntos si querés. Dijiste que dale y colgaste de una punta que no tenía óxido mi bombacha, y te fijaste que no tuviera óxido para que mi bombacha de microtul negro con puntilla comprada en ese lugar especial de Once no se oxidara.

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