30 AÑOS DEL NUNCA MÁS

Fernández Meijide: “La CONADEP tuvo virtudes que nadie propuso”

Madre de un desaparecido y sin actuación política previa hasta entonces, la ex diputada nacional recuerda en esta entrevista cómo era el funcionamiento del cuerpo creado a pedido del presidente Raúl Alfonsín para recibir denuncias sobre casos de violaciones a los derechos humanos cometidos durante la dictadura del Proceso.

“(Cuando empezamos a recoger testimonios) no sabíamos siquiera la cantidad de desaparecidos que había; aunque se dijera 30 mil, que fue una cifra que vino de afuera, no sabíamos nada”, afirma hoy Graciela Fernández Meijide. Y agrega que cuando la invitaron a formar parte de la CONADEP, demoró la respuesta: “Al principio dudé; solo dos días, pero dudé, por lealtad a lo que estábamos reclamando, y lloré”.

-Cuando desaparece su hijo Pablo, ¿usted ya tenía algún vínculo con los derechos humanos?

-No; es más, ni sabía que existían organismos de derechos humanos. Lo que existía en ese momento era lo que nosotros podíamos llamar institucionales. No eran testimoniales como fue Madres (de Plaza de Mayo) o Abuelas (de Plaza de Mayo), sino que eran grupos de gente, algunos muy antiguos, como la Liga Argentina por los Derechos Humanos, que estaban bastante ligados al Partido Comunista y que trabajaban sobre todo cuando metían preso a alguien de izquierda. A Pablo lo secuestran de nuestra casa, no es que desaparece, después sí. Nunca pudimos dar con él.

-¿Cómo eran las organizaciones que comenzaron a surgir luego de la dictadura?

Eran un gran voluntariado. Teníamos algunas personas para tareas específicas que tenían que cumplir un horario, pero los que estábamos ahí, en la conducción para decirlo de algún modo, hacíamos de todo un poco. Yo podía barrer, ir a hacer relaciones públicas y recibir las denuncias y organizarlas. Todos trabajábamos de todo.

-¿Cómo era la situación política en la transición a la democracia?

-Había una opinión bastante extendida de que iban a ganar los peronistas, por lo tanto, no iba a haber justicia ya que la conducción peronista estaba dispuesta a negociar una amnistía por llegar al poder. Nosotros pedíamos una comisión bicameral -es decir, formada por senadores y diputados- que se ocupara de investigar los crímenes de terrorismo de Estado. En realidad, lo que se pedía más que nada era que se ocupara de investigar el destino de los desaparecidos, la figura más fuerte de represión. La desaparición era tan tremenda como figura de represión, tan amenazante y tan paralizante, que lo que predominaba entre los presos era que por lo menos (ellos), estaban vivos. Las elecciones las gana (Raúl) Alfonsín, no los peronistas, en buena medida porque por primera vez aparece una sociedad que dice “basta de militares”. Alfonsín prometía enjuiciar con tres niveles de responsabilidad: a quienes habían dado las órdenes, a algunos de los jefes que habían sido responsables de las obras y a quienes no les había quedado más camino que obedecer.

-¿Cómo y por qué empezó a desarrollarse lo que se conoce como CONADEP?

Alfonsín creó una comisión de notables, personajes representativos de distintos sectores de la sociedad; los juntó para que recibieran denuncias e investigaran qué pasó con los desaparecidos.Tenía previsto también seis legisladores nacionales para integrar la idea de la bicameral de alguna forma, para balancear. Eran tres diputados y tres senadores. El justicialismo se negó.

-¿Por qué el justicialismo no quiso formar parte?

-Porque querían la bicameral. Estaban frustrados porque ellos descontaban que ganaban, y después porque tenían el problema adentro. El diario La Voz, por ejemplo, estaba financiado por Montoneros. Y Alfonsín en sus secretos de formación, cuando ordena el enjuiciamiento, da dos decretos: ordena el enjuiciamiento de las tropas guerrilleras, y determina que sean juzgados los militares por el tribunal natural, es decir, por el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas. Todo salió bien de casualidad, como suele ocurrir en política.

-¿Cómo fue el comienzo de la CONADEP?

-Nosotros no sabíamos siquiera la cantidad de desaparecidos que había; aunque se dijera 30 mil, que fue una cifra que vino de afuera, no sabíamos nada. El que dirigía el Centro Cultural San Martín, Javier Torre, cedió una habitación grande, una especie de sala, para que se reuniera la comisión. Entonces empezaron a llover denuncias, no sólo de la gente que las reiteraba, sino de todos los que habían estado asustados y nunca se habían acercado a un organismo y en ese momento veían que de pronto en democracia una asociación creada por el Gobierno les daba la posibilidad de denunciar. Los notables, que tenían la mejor buena voluntad, no tenían la mínima idea de cómo tomar un testimonio, se espantaban porque recibir un testimonio es muy fuerte, y (el obispo) Jaime de Nevares dijo que había que traer a alguien que no se espantara, que supiera tratar con la gente, y propuso a los demás llamarme para que me uniera. Me dijo “Graciela, necesitamos que nos ayudes”.

-¿Dudó en algún momento de participar?

Al principio dudé, solo dos días pero dudé, por lealtad a lo que estábamos reclamando, y lloré, hablé con mi familia. Pedí una reunión de urgencia con los funcionarios de la Asamblea y les dije que había dado el sí, pero que en cuanto viera que eso tenía intencionalidad alguna de cerrar puertas, renunciaría y me iría. Acepté con dos condiciones: una, que me dejaran asistir a las discusiones políticas porque les dije “yo quiero tener voz aunque no tenga voto”; y la otra, que había que armar una secretaría de denuncias con gente que supiera tomarlas. Me dijeron que sí, entonces recorrí los organismos y pedí gente del staff de cada uno, porque claro, nosotros nos habíamos pasado siete años recibiendo denuncias, nos tiraban un nombre y sabíamos tres, casi que conocíamos la lista de memoria. Entonces sabíamos que ninguno se iba a caer al suelo como pasaba con los pobres empleados del Ministerio del Interior que pusieron al principio, que salían rajando; una mujer agarró sus cosas y dijo “esto no es para mí”. Y otras, por ejemplo, preguntaban “Señora, ¿su hijo fue subversivo?”, que era una pregunta que jamás se hacía ni se hizo, eso no se preguntaba. Y bueno, después de eso, me tomé mi tiempo y organicé todo.

-¿Hubo una negativa por parte de algún organismo para colaborar?

El único organismo que no aceptó fue Madres, pero en realidad ahí fue cuando se partió Madres, porque Hebe (de Bonafini) intentó prohibir que se fueran a hacer denuncias a la CONADEP. Por eso hablé con ella y le dije que lo que estaba haciendo era una gansada y que la iban a pasar por encima; le dije: “Esto no es un partido político ni una secta, acá la gente se ha juntado por una desgracia, y en cuanto tenga un lugar donde conseguir un dato, va a ir“.

-¿Con qué inconvenientes tuvieron que enfrentarse?

-Cuando empezamos a trabajar, cada vez empezó a venir más y más gente, a tal punto que los viernes ya no atendíamos a menos que viniera gente del interior, porque quedábamos exhaustos y había que tener tiempo para acomodar todo lo que se recibía. Además, adentro los viernes saltaban chispas. Había mucho susto y se dormía mal, porque meterse en eso es conocer la verdad, y conocer la verdad cuando todavía había miedo era un peligro. Muchos se sentían en peligro, e incluso muchos se fueron.

-¿Cómo califica hoy el accionar de la CONADEP?

-La CONADEP tuvo varias virtudes que nadie se propuso que tuviera. Estableció una buena dialéctica con la población, de ida y de vuelta. La sociedad la respetó, fue siguiendo cada cosa que hizo y la fue acompañando, y se sentía de alguna forma representada por esa gente que era como ella; aunque la escuchaban a la mañana en la radio, la podían tocar. Si uno rescata el gobierno de Alfonsín, ¿por qué es? ¡Por eso! No por las cuestiones económicas, porque en la economía nos mandó a la mierda.

Autores: Candela Ini, Camila G. Madroñero, Angela Torres, Ana Belén Mármora

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