Crítica: El cuarto azul

Julien Gahyde (Matheu Amalric) y Esther Despierre (Stéphanie Cléau) se desean descontroladamente, y más allá de sus respectivos matrimonios, mantienen encuentros usuales, siempre dentro del cuarto azul del Hotel des Voyageurs, una hostería de pueblo en Saint Justine, Francia. Fueron compañeros de secundaria, ella está casada con un farmacéutico del pueblo y él con Délphine (Léa Drucker), bella mujer francesa y madre de su hija Suzanne. Pero entre las cuatro paredes azules, la pasión deviene en lo salvaje, tanto, que es ésta la desencadenante de hechos que anteceden a la muerte. En una de las escenas iniciales, luego de morderle el labio mientras tienen relaciones, Esther le plantea a Julien la idea de pasar la vida juntos, separados de sus parejas actuales, frente a lo que él responde en un estado de relajación y abstracción total, que sí. El rol de Esther en ésta relación clandestina es influyente, dominante, y queda visible su sello desde el principio de la película.

Para Julien el amor se presenta de manera dual, por un lado desde el lado pasional con su amante, a quien se podría identificar bajo la figura amorosa de Eros, que representa la parte carnal, de deseo y atracción sexual.

Por otro lado el amor para Julien también existe de forma incondicional, constante, y monótona dentro de su matrimonio con Delphine, a quien igual él siempre valoriza, ubicada como otra figura del amor griego, Ágape, que remite a la incondicionalidad, la devoción y al bienestar del ser amado.

Mediante la memoria narrativa de Julien, un recurso propio (pero no trillado) del cine francés, se muestran los acontecimientos en distintas temporalidades: los flashbacks ubican al público y también lo confunden. Pero no es sólo desde la palabra, el repaso de los diálogos y las escenas pasadas que se delinea la historia. Es también a través de detalles sutiles cómo objetos materiales, e incluso la presencia de un insecto, que se puede suponer una reconstrucción e interpretación de los hechos para llegar a la verdad acerca del crimen. Es por ésto que el deber de la audiencia no puede ser otro que el de prestar suma atención durante los 76 minutos de la película.

La música, dirigida por el compositor Gregoire Hetzel, acompaña de manera sublime en todo momento y otorga a cada escena su carácter de suspenso y dramatismo. Los planos generales se hacen ausentes en esta película, y los planos cortos generan una intimidad mayor para la mirada del espectador. Los colores de cada escena, la iluminación, y los distintos climas que se perciben expresan lo implícito, lo que no se ha dicho.

Propio de un cine alternativo que navega fuera de los lugares comunes, Amalric acierta con el recurso del color que va desde su fotografía hasta su título: se sale del cliché del color rojo como representación de la pasión, y es ésta enteramente representada a través del azul, junto con la perdición, y otros estados de conciencia del personaje principal.

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