La Omisión de la familia Coleman

La iluminación de la sala “Pablo Picasso” del Paseo La Plaza se atenúa y el público paulatinamente deja de hablar. Todavía se escuchan susurros, pero en el instante en que una discusión de madre e hijo un tanto insólita se desata sobre el escenario, no sólo comienza la función, sino el extraño clima de tensión que reina durante los siguientes 90 minutos.

La Omisión de la Familia Coleman, escrita y dirigida por el dramaturgo de Boedo Claudio Tolcachir, muestra la convivencia y la marginalidad de una familia al borde de la disolución, dónde la violencia y lo absurdo son cotidianos. La Omisión es la del nombre del padre, y hay dos padres que no aparecen en escena, una ausencia que dice mucho. Lo que sucede de manera visible en la obra, y lo que está implícito, interpela y moviliza a sus espectadores de manera brusca pero delicada a la vez, porque si bien no es una familia común, recurre a lugares y discusiones que, aisladas, pueden surgir cotidianamente en cualquier hogar.

A medida que se desenvuelve la función, se escuchan risas y carcajadas nerviosas, pero no es ésta la reacción de todos los espectadores, ya que algunos no se sorprenden al notar que se les cae una lágrima. Es que esto que se presenta de manera tan natural, como el vínculo incestuoso de una madre con su hijo, los roles familiares desplazados, y la vergüenza por la propia familia que siente una de sus integrantes, está cargado de un sutil sentido del humor y de un tono dramático que despierta una serie de emociones variadas en el público.

Del Teatro Timbre 4 del barrio de Boedo, en un PH, “La Omisión de la Familia Coleman” llegó a Avenida Corrientes. Pero no se quedó allí, ya que ha

traspasado fronteras y océanos y recorrido 22 países: China, Francia, España, Italia, Irlanda, Bosnia, EEUU, Bolivia, El Salvador, Costa Rica, Panamá, Portugal, Alemania, Brasil, Perú, Ecuador, Colombia, Uruguay, Chile, Canadá, Serbia y México, entre otros. Esto se da porque más allá de la calidad del guión y de la excelente performance los intérpretes, la historia muestra una realidad que no requiere de un contexto específico para manifestarse: la locura familiar y la enfermedad mental son facultades humanas. El amor, el odio, la soledad, y el sentimiento de alienación que circula entre los integrantes de esta familia, en algún aspecto, pueden ser comunes a todas las familias del mundo.

Al finalizar la obra sube la intensidad de las luces y los espectadores, lejos de ocupar un lugar pasivo, se ponen de pie, exclaman, y la sala desborda de aplausos, música para los oídos de los actores que saludan y se despiden emocionados.

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