Dicen

Dicen que a veces un texto te posee. Tanto, que la intensidad de las palabras induce a tus manos a tipear naturalmente, como si tocasen una pieza clásica en piano. Palabras que no llegan por un camino prolijo y delineado,

ni pavimentado ni de ripio pero con maizales al costado, sino que descienden como una tormenta de meteoros que chocan y mutan en algún, si se quiere, sentido. Palabras que colisionan y encarnan, se tocan para encajar, se moldean: se modelan. Quedan bien juntas. Dicen. Dicen?

Entonces, dicen, cuando un texto nace vivo, el borrador deviene en padre y, uno, cautivado y beodo, quiere un poco más. Palabras sensibles que escarban como una cuchara en el fondo de un frasco de mermelada de naranja para sacar hasta la última pulpa, dulce y amarga

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