Desunión andina

Me deslizo por la nieve, esquío las pistas del filo a la base y me hundo en el paisaje. Todo promete ser inspirador, pero no atrapo animales. No hay zorro a través de la ventana, si no un jardín cubierto de nieve, de cuento. Troncos de leña apilados y manzanos exquisitos. No hay zorro, pero una paz silenciosa entre cada copo hexagonal que atrapa las partículas de aire y sólo amplifica el silencio.

Salgo a caminar por la ciudad. El señor de la recepción me explica: caminá por Coronel Díaz hasta Villegas, ahí doblá a la izquierda y llegás a la avenida que bordea el Lácar. Le hago caso. Es todo lindo. Veo gente que se saluda de auto a auto, tienen buen humor, hablan de los 100 cm de nieve en el cerro. Qué locurita. Traje a mi cuerpo a San Martín y yo quedé por ahí, acostada con él en un sillón, nuestros cuerpos desnudos fundidos y las copas con sedimentos de malbec apoyadas en el piso. La neurosis turra que hila fino y se me cruza por cada calle que camino. Llego a la costanera y menos mal que tengo puesta la campera con capucha porque la nevada me empieza a pinchar. Pero la capucha no me salva de mojarme porque nieva para todos lados y mejor me mojo. Me mojo y abro la boca y tomo la nieve que cae como meteoros. La nieve no hidrata porque no tuvo contacto con rocas y no tiene minerales, me explicaban. Me mojo y tomo nieve. Me deshidrato un poco. Las tres cuartas partes de agua de mi cuerpo me dejan y ahora voy más liviana; levitan mis órganos y mis huesos por el Lácar. Un corazón de mujer pesa 250 gramos. Si sigo haciendo cuentas, me disuelvo.

 

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