De frutas y arañas

Matar a la araña era tan simple como apoyarle una ojota encima. Una ojota blanda y liviana y el bicho dejaba de existir.
En las noches que pasaba sola en el departamento tuve que pensar técnicas y animarme a aplastarlas. Tenía que poder porque un día el bebé les iba a tener miedo. Ese bebé que todavía no existía más que en nuestros planes juntos, en esas noches de insomnio compartido, en las que con la luz apagada buscábamos una forma en las sombras de las figuras de los árboles sobre la pared y admitíamos que los dos teníamos ganas.
Esa noche no pude. El acto de agarrar un zapato y apoyárselo encima me parecía imposible. Me quedé, como una noche de enero, en la casa de verano de Punta del Este cuando tenía quince, toda la noche bajo una carpa que hice con las sábanas blancas y suaves, respirando aire caliente con poco oxígeno y olor a suavizante, en el único lugar seguro del universo. Cada vez que me asomaba por el hueco que hacía a través de las sábanas como si fuera una carpa de campamento, la tipa seguía en el techo de madera, como proyectada en 3D.
A Martín lo mataron como a una araña. Un dametodo, un sitomá y pum, un tiro le perforó el pecho. Herida penetrante grave en el corazón y en ambas venas cavas, paciente con factores anatómicos y fisiológicos en su contra llegó sin vida a la sala de urgencias. Perforación, cuerpo extraño, hemorragia masiva y Martín se terminó. Y con él se terminaron los acordes dulces en la cama las tardes de lluvia, nuestro vocabulario de palabras mal dichas y verbos mal conjugados y las pataditas por abajo de la mesa cuando cenábamos con sus viejos y nos decían que sí teníamos que casarnos y que tenía que ser en un templo bien.
¿Y qué hago yo, todavía caminando por Newbery todas las mañanas como si fuera a encontrármelo? Salgo a buscarlo, porque a veces las arañas no se mueren con una ojota blanda, sino que despliegan sus patas chamuscadas, enderezan su abdomen y se reincorporan, se reaniman despacio, vuelven a caminar y a tejer. Y yo pienso que Martín tal vez esté por ahí, levantando el telón de sus párpados y abriendo los ojos chocolate, estirando sus piernas y levantándose de esa lápida de mármol helado, atravesando las capas de tierra y piedras que lo cubren, y juntándose de vuelta a sí mismo para poder volver, hacerme el chiste de las llaves, pellizcarme la cintura y decirme que está todo lindo acá, nena.
Cada vez que estoy en un barrio que no es el mío y veo una verdulería, me parece más tentadora que las que tengo cerca de casa y tengo que parar a hacer una compra. Las naranjas se ven brillantes y jugosas, a punto de explotar, las frutillas y las frambuesas parecen de cuento. Entonces compro y cargo una bolsa de frutas y verduras desde un lugar de la Ciudad lejano hasta nuestro departamento de Belgrano.
El otro día traje frutas y verduras desde Devoto. Saqué las cosas de la bolsa, las apoyé en la mesada de mármol y las lavé una por una. Limpié la tierra de la rúcula, corté los tallos y dejé secar las hojas. Mientras dejaba unos tomates cherry abajo del agua que corría, agarré un morrón. Era tierno, pulposo, parecía muy dulce. Pero cuando tracé un corte con el cuchillo de cerámica y lo partí al medio, un jugo brillante se derramó por la tabla y chorreó tanto que manchó la mesada y la puerta de la alacena y el repasador que estaba blanco e impoluto como una camisa recién planchada. Dejé todo así como estaba, caminé hasta el cuarto y me sumergí en la cama.
No pude cortar el morrón. Tampoco pude matar a la araña.

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