Javier

La calefacción está muy alta en casa, estoy en la cama y tengo calor. Al lado tengo el libro de Javier Fridman, El psicoanalisis en el destino, pero no lo puedo usar de abanico, porque Javier está muerto. Podría abanicarme con un libro de tapa blanda de Borges, pero Javier es un muerto conocido (mío). Un muerto al que quise antes de saber que quería.
Abro el libro, que en la contratapa habla del azar y en la página 31 habla de Flor de vivo Salomón y cita a Foucault. Lo traje de lo de mi papá el domingo pasado y en mi biblioteca tengo varios libros suyos que los dos sabemos que no van a volver. Madame Bovary, uno de Woody Allen, Los conjurados, y una novela de Bukowski. Es la primera vez que le saco uno y él me pide que por favor se lo devuelva, que no me olvide.
Ese domingo, como todos los domingos de invierno desde hace años, llegué con mi hermano a almorzar a su casa y el hogar estaba encendido. Había copas de Malbec en la mesa, sonaba Pink Floyd y Milo movía la cola. Hablamos de Corea del Norte y de Rusia, llegamos a hablar sobre Japón y la producción tecnológica, de cómo se industrializó después de la guerra y de cómo nació Sony. Mi papá le dijo a mi hermano, “A ver, Santi, mirá.” Se acercó a su biblioteca, buscó con ayuda del dedo índice entre los libros viejos de un estante, y sacó uno, “Made in Japan”, editado por Emecé. “Uy, chicos, esto me mató”. Adentro, como señalador, había una postal con la imagen de Amberes, y del otro lado, en una imprenta mayúscula muy prolija, decía Para Diego Ini, Juan F. Seguí 3984, 6.21, Capital Federal 1425, Argentina.
“Mi querido Dieguini, te mando una postal de un lugar donde estuve ya hace unos días. Ahora en Marburg, regresé de Inglaterra, Bélgica y Luxemburgo. Ando bien y hay demasiado que contar. Todo es carísimo. Espero que andes bien, sé que el país anda para el carajo, espero que tu negocio se salve un poco de la malaria. Lo más importante es que vos personalmente estés bien. ¿Cómo anda el tema “mujeres”? Tan conflictivo últimamente. No dudo de que hay novedades. Un abrazo muy grande, un saludo para Aldo y espero que en el reencuentro haya muchas cosas buenas para contar.
Estaba firmada por Javier, su mejor amigo, que falleció en el 2000, con una mochila de oxígeno y cinco etapas de quimioterapia en sus 36 años. El país para el carajo y mi papá en conflicto con tema “mujeres”. La postal es de 1987, pero podría ser de hoy.
Hay una foto entre los estantes de la biblioteca, de Javier conmigo a upa. Él tenía puestos los anteojos que para mí eran parte de su cara, unos jeans claros y una remera blanca. Yo, unas zapatillas con velcro, pantalón y remera blanca y pelo cortito. Mi papá miró de los dos lados la postal, varias veces, y la apoyó sobre el portarretratos. Se sentó en el sillón al lado del fuego y le pregunté si estaba bien.
“Aunque no crea en nada, siempre me pregunto si volveré a ver a Javier o a mi viejo. Nunca vamos a saber qué pasa después de morirnos”, me contestó él. Pocas veces lo vi llorar, una fue cuando se murió Javier.
Mi papá y Javier se conocieron en la playa. Le pedí que me contara cosas sobre él para ver si lograba recordarlo con mayor nitidez. Me habló del pacto que hicieron a los 12 años para estar siempre el uno para el otro y me contó que, en una época, cuando volvían en el subte D en grupo, ellos se bajaban en Scalabrini Ortiz y se acompañaban hasta sus casas. A veces tenían tanto para charlar que cuando llegaban hasta Las Heras y Malabia, al edificio donde vivía mi papá, él lo acompañaba a Javier hasta su casa en Canning y Guemes, para seguir hablando. De psicoanálisis, de novias, del cáncer.
Yo me acordé de su perra, Wanda, una ovejero alemán que, cuando Javier ya estaba mal, llevamos al campo de Aldo para que se quedara con ellos.
Me gusta recordar el paseo que dimos por el ex Paseo de la Infanta, Javier me llevó a comer a Wendys y después me dejó subir al paseo por el agua que había y al que mis papás no me dejaban subir.
Yo tenía ocho cuando lo vi por última vez, pero él tenía una sonrisa, una mochila de oxígeno, y una perra que se llamaba Wanda.

 

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